GALERA TREINTA Y CINCO SIGLOS DE HISTORIA (Capítulo nº 111)

  1. EL SIGLO XVIII (X)
    IX.8e. LA ADMINISTRACIÓN LOCAL EN EL SETECIENTOS
    Inmerso aún en la Guerra de Sucesión, es curioso el Real Decreto que el Corregidor de Baza hace
    llegar a Galera -y al resto de localidades de su jurisdicción, como es natural- según el cual se le da
    validez en España a la moneda corriente francesa.
    La explicación está en que un gran contingente de tropas galas -en apoyo de Felipe V contra el
    archiduque- ha cruzado la frontera y se encuentra ya en Navarra. Se espera, como es natural, que
    haya necesidad de dinero flotante para pagar a los soldados extranjeros. Y en un curioso antecedente
    a la consecución de la moneda única europea, se establece temporalmente la validez y el curso legal
    de la moneda transpirenaica. Hasta incluso se determina la equivalencia de ambas de la siguiente
    manera:
    «… he resuelto que así en Navarra como en todos los dominios de Castilla se reciban y vayan los
    luises de oro como los doblones de a dos escudos de oro; los escudos como los reales de a ocho de
    plata doble y los medios escudos y cuartos de escudos a proporción…»
    La orden, que se firma el 5 de julio de 1706, llega a Galera el día 20 de septiembre y se hace
    pública, suponemos, para general conocimiento de la población. Y aunque el conflicto no ha
    concluido, la verdad es que languidece en algunas regiones, cada vez más lejanas para los
    habitantes de la villa.
    Por tanto, la vida continúa con casi total normalidad. Prueba de ello, por ejemplo, puede ser el
    desarrollo de las periódicas visitas de inspección que se hacían a los lugares públicos, tales como
    estancos de aceite, carnicerías, molinos, etc. Con ellas se pretende que el servicio que se presta a los
    clientes esté dentro de las normas establecidas para evitar fraudes u otros tipos de engaños que es
    obvio que se daban.
    El día 11 de abril sorprendemos, por ejemplo, a la Comisión encargada de estos menesteres. En uso
    de las facultades que se le han conferido, hace un concienzudo recorrido por las carnicerías, donde
    se examinaron las pesas usadas para el despacho de la carne «y se hallaron cabales». En el estanco
    del aceite y del jabón, cuyas existencias se elevaban a unas seis arrobas «de aceite entinajado», se
    comprobó que las medidas estaban de acuerdo con el marco de la villa.
    Por cierto, en aquellos días el aceite estaba a siete cuartos la libra. El único horno con que cuenta el
    pueblo es igualmente inspeccionado -que aun siendo del marqués de Aguilafuente no le hacían la
    vista gorda-, superando con éxito la prueba. Desde el horno, los expertos se van hasta la Ribera,
    donde muele día y noche Juan Fernández, encargado del molino propiedad de Francisco Romo.
    «Se reconozieron las medidas de dcho. molino del zelemin medio zelemin y quartillo y se hallaron
    tener alguna falta -(vaya por Dios!- por estar muy usadas y algo gastadas y dchos. señores
    reconozieron que el daño en la falta de dchas. medidas era para el dcho. molinero … y a beneficio de
    los q. ban a moler…», por lo cual deducimos que no sería éste el famoso molinero del refrán.
    Así que sus señorías mandaron que la próxima vez que lo visitasen tuviese las medidas forradas con
    hierro para que no ocurriese tal. El resto de los molinos, el llamado de abajo, que estaba inmediato
    al anterior, el del Pantano y el del Segador- funcionaban con toda normalidad en pesas, medidas y
    calidades, salvo el último de ellos que también usaba medidas sin herrar, lo que hizo que los
    comisionados le recomendasen, al igual que lo habían hecho con Juan Fernández, que para la
    siguiente ocasión forrase de chapa las medidas, evitando de esta forma el desgaste propio del uso.
    A lo largo de estos años es frecuente ver cómo la colaboración ciudadana, más o menos
    gustosamente, es una realidad en nuestro pueblo. El Concejo no disponía de caudales suficientes
    para financiar las obras públicas de cierta envergadura que era necesario llevar a cabo de vez en
    cuando. Las cuales, además, facilitaban el trabajo de los particulares.
    Por ello, periódicamente el Consistorio organiza cuadrillas de vecinos que se aplican a reparar la
    infraestructura viaria de que se disponía en este tiempo. Ejemplo de estas acciones puede ser el
    nombramiento de cuadrillas que tiene lugar el día 25 de mayo de 1713. Se trata de reparar puentes,
    caminos y otras obras «que tocan al bien comun y a ellas sin excusa deben asistir todos los vezinos
    para q. a ninguno se aga agrabio».
    Y por lo visto la cosa debía funcionar bien, ya que en esta ocasión hay nombrados para este
    menester hasta 147 vecinos. Corría 1730, o quizá 1731, cuando accede a la cabeza del Señorío Don
    Valerio de Zúñiga Enríquez y Fernández de Córdoba con el título de XIII Señor de Galera y Orce y
    61 de la Casa de Zúñiga.
    Un dato más sobre la importancia que iba adquiriendo el sentido de comunidad y la creciente
    preocupación del Concejo por el buen funcionamiento de ésta es el caso de una expropiación que
    tiene lugar en 1734.
    En el mes de septiembre de aquel año se habían producido varias tormentas que habían hecho crecer
    el río, como es casi normal en nuestra región. Pero por lo visto en esta ocasión subió más de lo
    habitual, hasta llevarse parte del camino Real a Castilléjar, de manera que el acceso a esta parte de
    la vega y a la villa vecina se dificultaba grandemente.
    Por ello, el Concejo se reúne el día 20 de diciembre para elaborar un expediente de expropiación
    forzosa de un celemín de tierra de regadío en las huelgas de este paraje. Y lo curioso es que para
    ejecutar este asunto es suficiente la intervención de los veedores de tierras del Ayuntamiento -que
    para eso estaban-, sin más complicación burocrática.
    El valor de la tierra se cifra en cincuenta ducados por fanega y a ese precio se paga, con lo que el
    camino vuelve a abrirse. Está suficientemente claro que el cambio de dinastía -una vez agotados los
    postreros representantes de la última- era necesario para la reactivación de la vida en los lugares,
    villas y ciudades de España, las cuales habían caído en un sopor que llevaron a la nación a la ruina
    comentada en apartados anteriores.
    Y aunque con todos sus defectos, una vez mediado este siglo, concretamente en 1754, leemos cómo
    la villa de Galera recibe la visita como Juez de residencia de don Andrés de Segura Nieto y Romero.
    El nombramiento como tal era del propio señor de la villa. La misión de este juez inspector que
    diríamos en la actualidad consiste en analizar la administración de «todos los gobernadores;
    alcaldes mayores; tenientes y demás capitulares y ministros de justicia que parecieren haberlo sido…
    desde la última que se tomó hasta fin de diciembre del año próximo pasado».
    Pero no se contentará con esto, sino también «hará visita y reconocimiento general de los montes,
    pinares, prados, exidos, cañadas y demás perteneciente al bien común en todos sus términos y
    jurisdicciones». No extraña, por tanto, que de vez en cuando las autoridades locales controlen de la
    misma manera su más inmediato entorno.
    Como hemos podido ver en el Catastro de Ensenada, la presencia permanente de una guarnición
    militar en la villa es una novedad con respecto a épocas anteriores. Éste es otro dato que nos habla
    de la progresiva complejidad que iba alcanzando aquella sociedad. Pero esa fecha de 1752 no es la
    primera en que aparecen noticias sobre la creación y mantenimiento de cuarteles en la zona. En
    1759 hay una referencia al regimiento creado en Baza y al cual Galera aporta ocho soldados, amén
    de los gastos que supone la adquisición de sus uniformes.
    En años sucesivos seguirán las noticias relativas a este cuerpo armado. Concretamente en 1763 el
    Concejo ha de pagar 336 reales y 32 maravedíes, correspondientes a este concepto y dos años más
    tarde volvemos a encontrar datos sobre gastos de esta índole.
    La evolución también ha afectado a las formas y maneras en que se accede a los cargos de oficiales
    del Concejo, pues no en vano ha transcurrido más de siglo y medio desde aquellas elementales
    ceremonias. Ahora, reflejando al fin y al cabo protocolos mucho más sofisticados -no se olvide que
    hemos entrado en el área de influencia borbónica- que se dan en ambientes palaciegos donde la
    etiqueta va adquiriendo una mayor preponderancia, vemos a nuestros alcaldes, regidores y
    procuradores actuando según un más complejo protocolo.

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