GALERA TREINTA Y CINCO SIEGLOS DE HISTORIA (Capítulo nº 102)
- EL SIGLO XVIII (I)
IX.8a. INTRODUCCIÓN
Curiosamente, el inicio del siglo XVIII coincide en la Historia de España con un giro
absolutamente radical. El fallecimiento de Carlos II propicia, en primer lugar, la llamada
Guerra de Sucesión a la Corona española y como consecuencia de ello un cambio de
dinastía. La Casa de Austria da paso a la de Borbón: Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos
III y finalmente Carlos IV.
Un acierto -corolario por otra parte de los nuevos tiempos ilustrados- será la idea que
tendrán ministros como Ensenada, Floridablanca, Campomanes e incluso Esquilache -a
pesar de su conocido motín- sobre el gobierno de los pueblos en el «Siglo de las luces».
El influjo de la Revolución Francesa en todos los ámbitos (político, económico, de
pensamiento, etc.) será determinante no sólo en España, sino en la absoluta totalidad
del viejo continente, en los últimos decenios de este siglo.
IX.8b. INCIDENCIAS DE LA GUERRA DE SUCESIÓN EN ANDALUCÍA Y EN NUESTRA COMARCA
Hasta el verano de 1702 Andalucía no había hecho demasiado caso de la guerra
porque no le había afectado prácticamente en nada: ni se habían producido batallas en
su territorio, ni se habían llevado soldados de aquí a otras tierras, ni siquiera le habían
subido los impuestos por esta causa. Pero en la fecha que decimos, la escuadra angloholandesa
se planta ante Cádiz con intención de tomar la ciudad y establecer así una
cabeza de puente por donde entrar en territorio español los contingentes militares del
archiduque Carlos.
Y, aunque la idea de los aliados era la de presentarse ante el pueblo español -y
concretamente el andaluz- como una fuerza no agresiva, lo cierto es que las
previsiones estratégicas de los imperiales no se confirmaron. Felipe V, sin despertar
admiraciones inquebrantables, es cierto, había sido asumido ya por la población.
Esta situación, unida a los inevitables abusos que una tropa, por bien adiestrada que
esté en este sentido, suele cometer -y cometió- en el territorio andaluz, hizo que
espontáneamente surgiese un movimiento de creación de milicias muy considerable
en toda la región.
La escuadra llegó a ocupar algunas ciudades de segunda categoría (Puerto Real, El
Puerto de Santa María, Rota…) en cuyo entorno surgieron algunos desmanes como
saqueo de viviendas e incluso profanación de algunos templos. El hecho de haber
bastantes soldados protestantes en las filas invasoras facilitó las cosas a sus
adversarios para difundir la idea de que, además de ser una guerra dinástica, había
igualmente una componente religiosa en todo ello.
Desengañado el comandante de la armada ante lo inútil de su acción, decide
abandonar y así lo hace. Pero la suerte le pone ante sus cañones la flota española que
viene de las Indias y, aunque ésta se había desviado hacia Vigo tras ser avisada del
peligro, los barcos de la Alianza la persiguen y causan en ella cuantiosos daños que
perjudicaron profundamente el comercio andaluz.
Nada más destacable sucede a lo largo de 1703 en el cual, no obstante, se produce una
tensa espera en la que se aguardan las consecuencias de lo que está sucediendo aún
fuera de nuestras fronteras. Pero, prudentemente, se organiza una movilización
general para crear una fuerza militar que anule los previsibles ataques al territorio
nacional.
En el mes de febrero del año siguiente se dispone la creación de cien batallones con
soldados forzosos. De estos batallones, corresponden 28 a Andalucía teniendo en
cuenta, al parecer, la disponibilidad de recursos -además del número de hombres
válidospara mantener los citados batallones- cada uno de los cuales se compondría de
500 soldados.
Los componentes de estas fuerzas -que serán la base del moderno ejército españolestán
mandados por un coronel, procedente siempre de un estrato social muy
relevante, de varios jefes de distintas graduaciones y de soldados. Éstos se designaban
por sorteo de los varones comprendidos entre los 20 y los 50 años.
Estaban exentos de esta obligación los hidalgos -que ya servían en la clase de jefes- los
labradores de dos arados, los padres con más de tres hijos, los estudiantes
universitarios, los criados de caballeros, inquisidores, notarios, procuradores,
administradores de rentas reales y un maestro por cada pueblo.
En agosto, antes de que se organice esta fuerza, cae Gibraltar. Ya en 1705 una nueva
expedición sale de Lisboa, se detiene ante Cádiz sin osar tomarla, recoge un
contingente de hombres en Gibraltar y enfila en dirección a Valencia, donde, como
sabemos, desembarca el pretendiente y llega hasta Barcelona donde es aclamado
como Carlos III.
No parece haber habido grandes entusiasmos en Andalucía, por lo que las autoridades
insisten una y otra vez ante las administraciones locales acopiando víveres, municiones
y, más tarde, soldados. Las deserciones fueron muchas, lo que explica el aserto
anterior.
Las zonas mejor vigiladas y protegidas eran las costeras, por donde se esperaban en
cualquier momento desembarcos aliados. Y mientras los soldados andaluces
combatían en la costa de Murcia o en los puntos más calientes como podían ser
Castilla o Aragón, algunas comarcas limítrofes con Portugal, caso de la sierra de Huelva
o el Andévalo, fueron saqueadas, incendiadas y hechos prisioneros sus habitantes. Se
cita, por ejemplo, el caso de Niebla, cuyos vecinos hubieron de dar un rescate de
10.000 escudos para evitar que los invasores se retirasen sin destrozar la población.