GALERA TREINTA Y CINCO SIGLOS DE HISTORIA (Capítulo nº 114)

  1. EL SIGLO XVIII (XIII)
    Mas, como todo no puede estar completo, alguna «desazón» -como diría don Marcelino Fernándezhabía
    surgido entre el alcalde mayor de las villas de Galera y Orce en 1786, entonces don Juan
    Andrés Morcillo, por la cual los autoridades galerinas no lo reconocen como tal. La cosa debió ser
    seria, ya que el asunto llega nada menos que hasta el rey.
    Éste, contemporizador, dicta una Real Provisión con fecha de 24 de febrero para que los díscolos
    munícipes vuelvan a la obediencia debida. Así debió de ser. De algo de esto se enteraría, sin duda
    alguna, el nuevo Señor de Galera, ya el XVII y 21 de la Casa de Carvajal-Abrantes, Don Ángel
    María Agustín de Carvajal y Gonzaga, que había sucedido a los doce años en 1783 y declarado
    mayor de edad en 1788.
    Uno de los escribanos que ejercieron su profesión en esta centuria en Galera fue don Lucas Antonio
    de Morales. Su figura aparece de vez en cuando en la actualidad de la villa por diversos motivos,
    relacionados o no con su profesión.
    El 10 de abril de 1790, por ejemplo, nos enteramos de su nombramiento -nada menos que por el
    ministro Floridablanca- como Comisario de los caminos de la jurisdicción. Antes del año, en marzo
    del siguiente, la Real Junta Particular de Comercio designa a nuestro personaje para que estimule
    entre sus vecinos la plantación de morales y moreras para la producción de seda, que conocía en
    este momento un considerable auge.
    El 25 de octubre se abre un expediente contra la actuación de don Lucas al ejercer sus funciones –
    ahora como subdelegado de la Marina en Galera y Orce- por supuestas irregularidades en el acopio
    y compra de cáñamos con destino a la Real Armada, en Cartagena. La conclusión llega a través de
    una Real Resolución del monarca, a la sazón Carlos III, en virtud de la cual se declara como «buen
    servidor del rey».
    Este veredicto será fundamental para el futuro de don Lucas, que tiene grandes aspiraciones como
    veremos en otro apartado. Por lo pronto, a los pocos meses de esta fecha renuncia a su cargo, que es
    ocupado por don Juan Francisco López y Sánchez, y unos dos años más tarde es nombrado por la
    duquesa viuda de Abrantes alcalde de la villa para serlo en el año de 1794.
    Eran, por otra parte, buenos tiempos para acceder a la alcaldía. El Pósito estaba a rebosar de
    existencias, como lo demuestra el acuerdo que se toma el 27 de octubre de 1792 por el cual se pide
    superior autorización para invertir en obras públicas -reparación y construcción de caminos y
    puentes sobre todo- el valor de 2000 fanegas de trigo sobrantes. Y así, cualquiera se puede sacrificar
    sirviendo a los demás desde los puestos más relevantes del Concejo.
    Piénsese que el cáñamo, esta fibra textil, era imprescindible para la elaboración de todo tipo de
    cordajes, e incluso velas, con que estaban equipados los barcos de la época. El cáñamo, como lo
    veremos en el apartado correspondiente, era un cultivo que tenía un tratamiento especial por parte
    de las autoridades por lo que esta producción dependía administrativamente del Ministerio de
    Marina.
    No obstante ello, la bonanza económica no parece visitar todos los ámbitos del pueblo, a juzgar por
    las reclamaciones económicas que efectúan en 1793 y en 1796 el médico y el maestro
    respectivamente. Sobre todo el último, cómo no, que declara que si no se le aumentan los
    emolumentos no puede subsistir. De ahí tal vez cierto refrán. Establecido ya como alcalde, don
    Lucas Antonio de Morales, con jurisdicción real ordinaria, propone y crea miñones que los
    malintencionados verían como una incipiente guardia personal del regidor.
    El caso es que se nombra a seis de ellos por el plazo de un año para empezar. Los sueldos estarán a
    cargo de los propios, como es natural. Pues eso faltaba. Vistas así las cosas, de todo puede pasar en
    Galera: Un munícipe que va a la cárcel, un Concejo que no obedece a su Alcalde Mayor, un Pósito
    que está podrido de dinero, un secretario que comienza ascender puestos en la escala social y
    política, un médico y un maestro que desfallecen por lo corto del salario, la creación de un grupo de
    soldados con el catalanizante apelativo de «miñones» (minyó)…
    Todo puede pasar, repetimos. De todo, menos que falte vino. Porque en los primeros días del mes de
    julio de 1799 llegó a faltar el vino en Galera. Esta situación nos permite adentrarnos por unos
    momentos en nuestra historia para interpretarla de una forma entrañablemente irónica. ¿Es
    comprensible que en la villa se llegue a esta situación? ¿Tan descuidados estaban nuestros alcaldes
    con sus politiqueos para que el desdichado pueblo sufriese esta insólita carencia del más elemental
    consuelo de sus humores y de sus estómagos? ¿Hasta dónde íbamos a llegar? ¿Qué pecado había
    cometido contra Baco este noble pueblo, relacionado con la vid y sus dorados frutos desde hacía
    miles de años? ¿Acaso estaba condenado a cumplir esta terrible penitencia por sus muchos vicios y
    desvíos? Calmémonos y analicemos la situación.
    Al fin nuestros oficiales del Concejo han comprendido la gravedad de la situación y han convocado
    sesión. A ella asisten todos. Nadie falta a la histórica reunión: Don Juan Fernández Pérez y don
    Isidro de las Eras como alcaldes ordinarios. Andrés Tomás Sánchez y Pablo de Rosa en sus cargos
    de regidores. Los diputados don Pedro Muñoz y Miguel García. Simón Pérez, síndico general e
    Hilario Candela, que lo es del Común.
    Un tenso silencio ha caído sobre la sala baja del Pósito, donde parece no haber ni un alma. El
    escribano, don Juan Francisco López Sánchez ha expuesto con crudeza, sin ambages, la situación:
    «Se ha acabado el vino, señores».
    Haciendo un esfuerzo ímprobo, tras haberse frotado lo ojos concienzudamente, el primero de los
    alcaldes mentados abre la boca, duda un instante y comienza a hablar con evidente pesadumbre: «El
    Sr. Don Juan Fernadez presidente de la junta dixo que por repetidas quexas q. los Sres. rexidores y
    sindico general y del comun le hizieron presente… por dos o tres vezes (¡dos o tres veces que se lo
    han dicho, Dios mío!) que abia falta del bino en el pueblo…»
    Hay un leve murmullo que manifiesta que los asistentes comienzan a asumir su culpa. La mirada
    grave del escribano hace callar a los indisciplinados. El alcalde, débil como un viejo enfermo,
    prosigue con un hilo de voz: «…que se tomara la providencia para que ubiera vino que no faltare en
    cuia consecuenzia de un acuerdo dispusieron que Matias de Ortega tragese siete o ocho cargas de
    vino para ponerlo a prevenzion para que no ubiera falta siempre que los cosecheros no quisieran
    echar…»
    Hay un movimiento subterráneo. Bajo la oscuridad que propicia la gran mesa de reuniones, juegan
    los pies de quienes se consideran menos culpables dándose leves pisotones de complicidad. Ni una
    mueca, ni un gesto delatador de la íntima alegría que sienten los de la oposición ante la evidencia
    del grave fallo.
    La voz quebrada del alcalde comienza a manifestar un leve temblor: «…y quedando poco vino…se
    pusiera un edicto mandando conparezer a quien aga postura a dcho. abasto en la forma ordinaria
    rematando en el mexor postor cada arroba de vino siendo de su quenta la conduzion».
    Unos están de acuerdo y otros no se conforman con el dictamen La sesión discurre en medio de
    unas sobrias (nunca mejor dicho) y tensas intervenciones de unos y otros buscando la imposible
    salida. El tiempo apremia pero no se atisba la luz. Finalmente, en un arranque de sinceridad, el
    síndico general Simón Pérez declara «…que estando en su casa pasaban honbres y niños dando
    vozes q. adonde se echaba vino y pudiera de esto resultar algun levantamiento u otra cosa semejante
    y por este fin paso a las casas de dcho. Sr. alcalde don Juan Fernandez Perez como presidente de la
    junta a dar la quexa de la falta del vino»
    El argumento es demoledor. Un escalofrío de miedo se instala en todos los asistentes. Nada más
    lejos de sus voluntades que una asonada en la villa. Además de su prestigio, podría peligrar incluso
    la integridad física de todos y cada uno de ellos, como únicos responsables del desaguisado. A esta
    manifestación se une la del síndico personero del común que ya no puede aguantar más y confiesa
    que «… estando en la esquina de don Marzelino pasaban muchos diziendo que no era justo en
    semejantes noches estuviera el pueblo sin vino y entonces fue en casa de Simon Perez para q. anbos
    fueran en casa del señor alcalde para que remediara el asunto como asi se efectuo y alli dispusieron
    el dezirle a Mathias de ortega que tragera vino para tenerlo a prevenzion»
    Hay por la sala de sesiones un múltiple crujido de escaños, que responde al movimiento liberador
    de los munícipes. Una ostensible laxitud invade inopinadamente los músculos y las sonrisas y los
    resoplidos de alivio se multiplican. Se ha resuelto el Orden del Día favorablemente al vecindario.
    «Con lo que se concluio este cavildo y assi mismo se manda q. en el dia de oi se fixe edicto
    llamando por el a las perssonas q. quieran azer postura a dcho. abasto y tanbien a la venta por
    menor en el estanco aperzibiendo su rremate para el dia veintizinco del presente mes…»

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