GALERA TREINTA Y CINCO SIEGLOS DE HISTORIA (Capítulo nº 76)

IX.8h. LA POBLACIÓN (IV)

Don Bruno García de la Serrana, cuyo sólo nombre nos traslada, efectivamente, de nuevo a Orce, villa de su residencia, pretende el 1 de septiembre el cargo de Promotor Fiscal de Galera y el de Curador de Menores. Para ello se había equipado de un título expedido por la duquesa de Abrantes, que, al fin y al cabo, pesaba lo suyo sobre las conciencias de los alcaldes de Galera. No obstante todo ello, se le dice que no es posible porque se necesita ser vecino de Galera y él, curiosamente, cada mañana que se levantaba tenía ante sus ojos la magnífica alcazaba orcense. Pero probar, probó.

No debía ser tan inteligente como don Lucas. Éste, relacionado con el enciclopédico don Antonio José Navarro, a la sazón director de Caminos del Partido de Baza por nombramiento de Floridablanca, es designado Comisario de los caminos de la villa de Galera.

Siempre se ha dicho que se hace camino al andar. Y algunos, como columbramos, lo hacen muy rápidamente. Por ejemplo, promoviendo los plantíos de morales y moreras en la villa, actividad que vemos llevar a cabo también a don Lucas. Previa correspondiente designación por el Comisionado de la Real Junta como subdelegado, claro, el 7 de marzo de 1791.

Al currículo anterior ahora hay que añadir esta acción ecológica, que debía ya estar bien vista en el sector más influyente de aquella sociedad. Cuando se decide tomar un camino hay que hacerlo con resolución, sin dudas.

Si, por ejemplo, se decide llegar a la cima de la sociedad que te rodea, debes de trabajar en todos los frentes posibles. Por consiguiente, don Lucas, mientras se plantaban los árboles, iba reuniendo un considerable legajo repleto de prosapias, alcurnias, genealogías, estirpes y linajes que tiene listo en el verano de 1793 para que no haya duda en el Ayuntamiento de Galera sobre su abolengo.

En él se afirma y se prueba, con diversos testimonios de vecinos de Galera y de Orce, su hidalguía y la de sus antecesores. Y se declara que fue hijo de don Antonio Mateo de Morales -que igualmente ha visitado nuestro muestrario de aspiraciones blasonadas-, sobrino carnal de don Clemente Morales, alcalde mayor de Baza.

Así mismo, es sobrino de don Esteban de Morales y de don Pedro Rodríguez, presbíteros beneficiados de la parroquia de Orce. También es segundo sobrino -pero sobrino al fin y al cabo- del doctor Damián Espinosa, abad del insigne colegial de Baza. Pariente en tercer grado de consanguinidad -pero pariente al fin y al cabo- de la marquesa de dos Fuentes.

En resumen, en un puño ha unido el poder político y el poder religioso. Le falta, tal vez, el poder económico a lo grande. Pero Dios proveerá. Tal vez en forma de viuda de noble y, desde luego, rica.

Debía de tener este don Lucas un talle más agraciado que el tío Lucas de Pedro Antonio de Alarcón, aunque quizá el mismo pico de oro. El caso es que hay en Orce una marquesa envuelta en los negros velos de luto por su viudez, que es su parienta además. Nadie ve con malos ojos, por tanto, que la visite, la consuele y enjugue en su perfumado pañizuelo alguna de sus lágrimas.

Y el fogoso galán debió sentirse abrasado por la ceguera del amor, sin mirar siquiera sus intereses -sería muy prosaico- y se le muestra como el más enamorado y eterno servidor. Ante el Rey -por ser ambos del estamento de Nobles-, ante el Papa -por haber entre ellos consanguinidad-, ante el hijo de la ya tal vez arrugada viuda, hay que gestionar el real permiso, la dispensa y la anuencia respectivamente.

Don Lucas no conoce obstáculos. Uno a uno va superándolos todos para llevar al altar a la mujer de sus sueños en el mes de abril de 1794. Por lo menos el día 14 todo está conseguido, ya que se presenta en la villa de su nacimiento, concretamente ante el Cabildo municipal, como marido y conjunta persona de la Excelentísima Marquesa de Dos Fuentes.

A raíz de este matrimonio, don Lucas fija su residencia en Orce. Y precisamente por este detalle, el Concejo de Galera deniega al flamante marqués consorte la propiedad de tierras incultas. Éstas habían comenzado a ser roturadas y cultivadas en régimen de secano por los vecinos de Galera, precisamente por su condición de tales.

Don Lucas, que había levantado un cortijo que se conocía con su nombre, también había roturado parte del monte al ser morador. Mas al cambiar de residencia este derecho no le asiste y así se lo recuerdan los regidores de la villa de su nacimiento. El referido cortijo de don Lucas fue heredado por un pariente suyo, militar, que había alcanzado la graduación de capitán.

Con el nuevo dueño se consolida un nuevo nombre, conociéndose hasta la fecha como cortijo del Capitán en la toponimia de nuestro término municipal. Curiosamente, aquí parece haber acabado esa fiebre que ha recorrido algunas calenturientas cabezas de este siglo que ya se nos va en busca del siguiente, en el que los franceses nos tienen preparada una sorpresa. Mas no hay que precipitar los hechos.

Otros personajes más de a diario se entretejen en la vida cotidiana de Galera. Son profesionales que hacen que la vecindad esté progresivamente mejor atendida en sus cada vez más complejas necesidades. La presencia de algunos de ellos parece ser constante, mientras que la de otros está sujeta a vaivenes, de manera que no siempre la villa cuenta con sus servicios.

En mayo de 1716, por ejemplo, conocemos el nombre de don José Jerez, maestro de primeras letras que viene a ocupar la plaza que ha dejado vacante su predecesor, don Alfonso Mª Merchán el cual se ha ausentado sin que nadie sepa su paradero. El Archivo Histórico Municipal de Galera conserva un Acuerdo absolutamente esclarecedor sobre el modelo educativo que diseñan las autoridades civiles y religiosas de la villa para sus niños.

Se trata de un documento fechado el 30 de diciembre de 1736 mediante el cual el Ayuntamiento, conjuntamente con la Parroquia, llegan a un convenio con un vecino de la localidad, Juan Antonio Chumillas, para atender a los abandonados escolares de la villa, la cual «se haya al presente sin maestro de escuela que enseñe a los niños a leer, escribir, contar, la doctrina cristiana, ayudar a misa, a tener cortesía y buenas costumbres, apartándolos de todas malas inclinaciones, vicios y malas operaciones, inclinándolos a las virtudes y buenas obras y corrigiéndolos en cualquiera cosa que no sea arreglada a lo bueno y en servicio de Dios»».

Por su gran interés, dicho Acuerdo se transcribe íntegro en el APÉNDICE XII.

No sabemos durante cuánto tiempo anduvo Juan Antonio en su trabajo. Pasan bastantes años -hasta 1793- para que de nuevo sepamos algo sobre la vida escolar de la localidad.

El día 7 de julio toma posesión como maestro de primeras letras el vecino de Huéscar don Felipe Arroyal y Plaza. Su permanencia como titular está documentada por lo menos hasta 1796, en que manifiesta que se le aumenten los emolumentos, ya que con los que se le dan no puede subsistir.

No se debió poner oído a su petición, a juzgar por la referencia que tenemos sobre un nuevo aspirante, don Mauricio José Jáudenes, el cual es admitido el 19 de diciembre del año siguiente. Esta situación debía ser general, provocando la desescolarización de muchas escuelas en todo el país. Hasta que los políticos caen en la cuenta y deciden asignar al magisterio de primeras letras una dotación anual de cincuenta ducados de vellón -con cargo al presupuesto de la villa en gastos ordinarios- comunicación que recibe el Concejo el 14 de julio de 1799.

En esta misma comunicación se exige que el maestro que ejerza en la villa ha de obtener el título en la Hermandad de San Casiano.

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