GALERA TREINTA Y CINCO SIGLOS DE HISTORIA (Capítulo nº 122)

8. EL SIGLO XVIII (XXI)

Entre estos vecinos -y algunos de otra naturaleza- surge un fenómeno que hasta la fecha no había sido muy frecuente, como es la reivindicación por parte de algunos de ellos de títulos nobiliarios, que reconozcan sus méritos personales o heredados. En ello están puestos dos tipos de aspiraciones: las que persiguen únicamente un prestigio social y las que buscan a través de estas declaraciones un beneficio de carácter económico, sin excluir los que pretenden eximirse de las cargas fiscales al alcanzar un nivel social que, entre otras, tengan estas prebendas.

Son varios los documentos que nos informan sobre los trámites seguidos -con participación del Ayuntamiento- a fin de conseguir tal o cual reconocimiento. Cronológicamente se desarrollan de la siguiente manera:

El 29 de agosto de 1706 los hermanos don Gregorio y don Juan Maldonado Palomeque presentan ante el gobernador de las villas de Galera y Orce y el escribano de la primera documentación referida a sus abuelos paternos y maternos por la cual demuestran cómo éstos, naturales de Motril incluido el padre de los comparecientes, don Juan Maldonado Palomeque, «eran hidalgos caballeros y habían obtenido grandes empleos en servicio de su majestad y de la república en dicha ciudad de Motril y otras partes y por lo mismo dicho don Juan y los referidos sus hijos eran tenidos en esta villa por nobles». Por todo ello, el citado gobernador reconoce esta condición a ambos hermanos, ordenando que se haga constar dicho reconocimiento en el Libro Capitular de ese año. A continuación se les acredita como tales nobles para que, presentándose en Baza se les asignen los destinos en el Ejército que correspondan a su calidad. Pero no sería por mucho tiempo, como veremos.

La Guerra de Sucesión dio oportunidad, así mismo, de que algunos de nuestros vecinos escalasen puestos en la gradación social. Uno de ellos es Lucas García, que presenta su nombramiento – el 4 de abril de 1711 igual que los siguientes- como Sargento de la Compañía de Milicias que ha actuado en socorro de la costa del Reino de Granada. En la misma compañía han servido Miguel de las Eras y Francisco Gómez, quienes han conseguido los galones de Cabos de Escuadra en la misma Compañía, con cuartel en Vélez Benaudalla. Unos dos años más tarde, procedente de la misma unidad que los anteriores, -formada con soldados de Galera- el también natural de la villa, don Antonio Romo Blanes, muestra ante el Cabildo su título de Capitán expedido por el rey.

Nada más iniciado el año 1733, precisamente el día 3 de enero, en la sesión del Concejo que tiene lugar con asistencia de todos sus miembros, inclusión hecha del gobernador de las villas, hace acto de presencia el natural y vecino de Orce, don Antonio Mateo de Morales y presenta testimonios que garantizan su ascendencia noble «justificaciones que acredita su goce, posesión y propiedad de caballero hijodalgo notorio de sangre en que se halla y en que han estado sus padres y abuelos … pidiendo que en fuerza de todos sus papeles se le haga el recibimiento de tal caballero hijodalgo en esta villa». Ante lo cual, los miembros del Cabildo «dijeron que desde luego lo recibían… por tal caballero hijodalgo notorio … exceptuándolo de todos los pechos, derechos y cargas concejiles de que no están exentos los del estado general», que, entre otras cosas, seguramente era de lo que se trataba.

El 28 de febrero 1733 se materializa el nombramiento de don Antonio de Ambel como Fiscal y Padre de Menores. Éste había sido con anterioridad alguacil mayor de las villas de Galera y Orce. Refrendado por el marqués de Aguilafuente, comparece con tal título ante el Concejo de la villa, que lo acepta como tal.

Otros dos orcenses, -don Francisco y don Pedro Segura Nieto- con haciendas en término de Galera, que seguramente le habían tomado gusto a la cosa de la hidalguía según estaban viendo a algunos de sus convecinos, echan mano nada menos que a una Real Provisión de Carlos III en la cual se proclama que, efectivamente, tienen derecho a tal consideración. Y, por descontado, a lo que no es necesario especificar, según se estaba poniendo el paisaje fiscal de las exenciones por razón de estamento.

Y hete aquí que aparece nuevamente en el Ayuntamiento, con renovados bríos, nuestro don Lucas Antonio de Morales, esta vez pertrechado con un título de notario del reino, igualmente otorgado por el mejor alcalde de Madrid. Así, que Avisto por estos señores, leído y entendido, lo pusieron sobre su cabeza «como instrumento dado y firmado por su Rey y Señor natural, con las mayores demostraciones de veneración y rendimiento». Ni qué decir tiene que nuestro joven -y sin embargo don- Lucas, fue admitido como tal titulado, que fue anotado en la lista de los de esta clase el 10 de abril de 1764.

Diez años más tarde, el 19 de julio, de nuevo resuena el nombre de don Lucas en la sala capitular del ayuntamiento con acentos de gloria. En esta ocasión es para recibirlo como Escribano de las villas de Galera -donde había nacido- y Orce -de donde era su padre, como recordamos-, expedido por el marqués de Aguilafuente. Ese mismo día toma posesión de la escribanía de nuestra localidad.

Pero no siempre nuestros munícipes se lo tragaban todo. Ni mucho menos. Y eso lo decimos porque nos viene a la mano el recuerdo de nuestros primeros protagonistas de este apartado de la «titulomanía», los Maldonado Palomeque. El caso es que cuando han pasado nada menos que 75 años del primer intento, aparece un don Gregorio Maldonado-Palomeque que reclama lo mismo que había hecho el otro don Gregorio, seguramente abuelo o tío abuelo suyo. Y aunque exhibe títulos y demás papeleo demostrando los méritos de sus antepasados en Motril, así como su pertenencia a la Hermandad del Santísimo Sacramento -qué cosas- los regidores dicen que se le deniega tal reconocimiento «en atención a que ha tenido cargos concejiles y ha pechado como miembro del Estado Llano». Decepción, sigue la contribución.

Don Bruno García de la Serrana, cuyo sólo nombre nos traslada, efectivamente, de nuevo a Orce, villa de su residencia, pretende el 1 de septiembre el cargo de Promotor Fiscal de Galera y el de Curador de Menores. Para ello se había equipado de un título expedido por la duquesa de Abrantes, que, al fin y al cabo, pesaba lo suyo sobre las conciencias de los alcaldes de Galera. No obstante todo ello, se le dice que no es posible porque se necesita ser vecino de Galera y él, curiosamente, cada mañana que se levantaba tenía ante sus ojos la magnífica alcazaba orcense. Pero probar, probó.

No debía ser tan inteligente como don Lucas. Éste, relacionado con el enciclopédico don Antonio José Navarro, a la sazón director de Caminos del Partido de Baza por nombramiento de Floridablanca, es designado Comisario de los caminos de la villa de Galera. Siempre se ha dicho que se hace camino al andar. Y algunos, como columbramos, lo hacen muy rápidamente.

Por ejemplo, promoviendo los plantíos de morales y moreras en la villa, actividad que vemos llevar a cabo también a don Lucas. Previa correspondiente designación por el Comisionado de la Real Junta como subdelegado, claro, el 7 de marzo de 1791. Al currículo anterior ahora hay que añadir esta acción ecológica, que debía ya estar bien vista en el sector más influyente de aquella sociedad.

Cuando se decide tomar un camino hay que hacerlo con resolución, sin dudas. Si, por ejemplo, se decide llegar a la cima de la sociedad que te rodea, debes de trabajar en todos los frentes posibles. Por consiguiente, don Lucas, mientras se plantaban los árboles, iba reuniendo un considerable legajo repleto de prosapias, alcurnias, genealogías, estirpes y linajes que tiene listo en el verano de 1793 para que no haya duda en el Ayuntamiento de Galera sobre su abolengo. En él se afirma y se prueba, con diversos testimonios de vecinos de Galera y de Orce, su hidalguía y la de sus antecesores. Y se declara que fue hijo de don Antonio Mateo de Morales -que igualmente ha visitado nuestro muestrario de aspiraciones blasonadas-, sobrino carnal de don Clemente Morales, alcalde mayor de Baza. Así mismo, es sobrino de don Esteban de Morales y de don Pedro Rodríguez, presbíteros beneficiados de la parroquia de Orce. También es segundo sobrino -pero sobrino al fin y al cabo- del doctor Damián Espinosa, abad del insigne colegial de Baza. Pariente en tercer grado de consanguinidad -pero pariente al fin y al cabo- de la marquesa de dos Fuentes. En resumen, en un puño ha unido el poder político y el poder religioso. Le falta, tal vez, el poder económico a lo grande. Pero Dios proveerá. Tal vez en forma de viuda de noble y, desde luego, rica.

Debía de tener este don Lucas un talle más agraciado que el tío Lucas de Pedro Antonio de Alarcón, aunque quizá el mismo pico de oro. El caso es que hay en Orce una marquesa envuelta en los negros velos de luto por su viudez, que es su parienta además. Nadie ve con malos ojos, por tanto, que la visite, la consuele y enjugue en su perfumado pañizuelo alguna de sus lágrimas. Y el fogoso galán debió sentirse abrasado por la ceguera del amor, sin mirar siquiera sus intereses -sería muy prosaico- y se le muestra como el más enamorado y eterno servidor.

Ante el Rey -por ser ambos del estamento de Nobles-, ante el Papa -por haber entre ellos consanguinidad-, ante el hijo de la ya tal vez arrugada viuda, hay que gestionar el real permiso, la dispensa y la anuencia respectivamente. Don Lucas no conoce obstáculos. Uno a uno va superándolos todos para llevar al altar a la mujer de sus sueños en el mes de abril de 1794. Por lo menos el día 14 todo está conseguido, ya que se presenta en la villa de su nacimiento, concretamente ante el Cabildo municipal, como marido y conjunta persona de la Excelentísima Marquesa de Dos Fuentes.

A raíz de este matrimonio, don Lucas fija su residencia en Orce. Y precisamente por este detalle, el Concejo de Galera deniega al flamante marqués consorte la propiedad de tierras incultas. Éstas habían comenzado a ser roturadas y cultivadas en régimen de secano por los vecinos de Galera, precisamente por su condición de tales. Don Lucas, que había levantado un cortijo que se conocía con su nombre, también había roturado parte del monte al ser morador. Mas al cambiar de residencia este derecho no le asiste y así se lo recuerdan los regidores de la villa de su nacimiento. El referido cortijo de don Lucas fue heredado por un pariente suyo, militar, que había alcanzado la graduación de capitán. Con el nuevo dueño se consolida un nuevo nombre, conociéndose hasta la fecha como cortijo del Capitán en la toponimia de nuestro término municipal.

Curiosamente, aquí parece haber acabado esa fiebre que ha recorrido algunas calenturientas cabezas de este siglo que ya se nos va en busca del siguiente, en el que los franceses nos tienen preparada una sorpresa.

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